¿Dónde estamos?

Pasados unos meses, el esperado balance sobre las iniciativas desplegadas para promover el cambio político en Venezuela, sigue ausente de la discusión nacional. Es posible que se deba a que la misma inercia en el escenario político, de la que no escapan ninguno de sus actores, los esté paralizando. Sin embargo, es necesaria una reflexión sobre las circunstancias que definen el momento que vive el país.

¿Qué fue lo que pasó?

Lo que comenzó como un reclamo por el asedio de la delincuencia en las universidades, terminó en una espiral de protestas que avivaron a los sectores más radicales de la Oposición en una movilización de grupos que basa su estrategia en el bloqueo de determinadas zonas residenciales, para provocar una reacción social que a su vez logre una respuesta institucional de sectores dentro del Gobierno, y que ese escenario conduzca a una “salida“ a la actual situación.

Sin embargo, la protesta ni fue masiva, ni cumplió con el propósito que la originó. Pero sus consecuencias se han dejado sentir de una forma profunda e innegable. En medio de las protestas, surgió la posibilidad de darle cauce a los reclamos del sector opositor a través de un proceso de conversaciones con el Gobierno, denominado “diálogo“ que rápidamente se extinguió porque no hubo la disposición del ejecutivo de atender las exigencias de la Oposición en la definición de la agenda del encuentro.

A partir de ese momento, el desencuentro que se percibía como una posibilidad se hizo real en términos de diferencias que lucen, a pesar de los esfuerzos presentes, como insalvables. Se trata de diferencias de objetivos y estrategias que chocan entre sí al tratar de definirse la táctica política frente al Gobierno. Unas diferencias que se vienen arrastrando posiblemente desde las mismas Primarias de la Oposición y que los sucesivos eventos electorales neutralizaron, pero que la ausencia de un proceso electoral este año, volvió a encender. Ese es el balance.

¿Qué es la Oposición?

La Oposición reúne a veintinueve (29) partidos políticos que se oponen al modelo chavista, cuyo desarrollo ha sido condicionado por los diferentes eventos que han marcado la vida de la nación durante los últimos 15 años, desde su antecesora, la Coordinadora Democrática (CD), hasta la actual Mesa de la Unidad (MUD) . Su composición original ha variando a medida que sectores descontentos del propio oficialismo se han ido separando y progresivamente incorporando a esta coalición: Avanzada Progresista y Movimiento al Socialismo fueron actores políticos del chavismo, ahora contrarios al Gobierno.

Como toda coalición, en ella se expresan distintas voces que representan desde la socialdemocracia, pasando por el socialcristianismo y el centro hasta las más diversas corrientes de izquierda. Y como es de esperar, las diferencias ideológicas llegan a ser muy profundas porque su propósito de alianza obedece no a las afinidades doctrinarias, sino a la necesidad de crear condiciones suficientes para desplazar del poder al chavismo. Eso dejó un margen inevitable para contradicciones que se mantuvieron represadas, no muy discretamente, hasta principios de este año y que sin eventos electorales que los comprometieran, fueron expuestas.

¿Queda Oposición?

Luego del fracaso de La Salida y del intento de diálogo, la mira se centró en la MUD, las voces más críticas de la Oposición insistieron en la responsabilidad de su Secretario Ejecutivo en la crisis de la coalición y su renuncia terminó profundizando una debilidad que ya se mostraba a principios de año: muchas agendas internas con poca incidencia en la agenda nacional. Esa desconexión no hizo más que agudizarse en medio de jornadas incesantes de reclamos entre unos y otros simpatizantes de La Salida y la MUD (sobre todo en las redes sociales). Mientras, en los sectores C, D y E del país un 70% desconoce qué fue La Salida, un 48,5% valora positivamente el desempeño de la MUD, de acuerdo a las últimas encuestas (Delphos y Datanálisis) que circulan a nivel nacional.

Esas cifras no pueden dejar de verse con preocupación porque reflejan la poca afinidad que hay entre quienes representan al sector del país que no aprueba (o comulga) con el Gobierno y que por esa misma razón no logra empatía alguna con los que ha ido tomando distancia, bien sea por frustración o desencanto, pero mantienen cautela frente a quienes se supone encarnan una alternativa política. Las desavenencias de la Oposición son la razón fundamental de la desconfianza de aquellos que se han desprendido del chavismo y de quienes tradicionalmente se consideran no alineados.

El más reciente intento de recomposición de la Unidad, que ha anunciado una reestructuración organizacional, hasta ahora no ha sugerido una definición de propósitos concretos que pareciera ser lo que el país está esperando. Todavía es pronto para emitir un juicio pero la inercia del país y de su conducción política no exime a la Oposición, que necesita encontrar un argumento que la relacione con el resto del país. Esa es una tarea impostergable, porque cualquiera que aspire dirigir los destinos de la nación, necesariamente debe contar con la mayoría de sus ciudadanos, la mitad es insuficiente.

¿Y el Gobierno?

El Gobierno supo sacarle provecho a la división opositora, en un momento donde la crisis económica comenzaba a tomar forma, eso le permitió responsabilizar a la ola de protestas en las principales ciudades del país, de una supuesta ofensiva destinada a la desestabilización política, en el marco de una “guerra económica“. La crisis por desabastecimiento y escasez se mantuvo en un conveniente segundo plano, porque la jornada diaria se consumía en el relato de los enfrentamientos entre los cuerpos represivos y los jóvenes Estudiantes en protesta, a quienes el Gobierno sin pudor alguno culpaba de las dificultades para conseguir los productos de la cesta básica que escaseaban en los anaqueles.

Una puesta en escena que sin duda ha contribuido enormemente a desviar la atención del perfil ineficiente del Gobierno. Una vez que el diálogo (que nunca comenzó efectivamente) entró en crisis y las protestas fueron disminuyendo de intensidad, el país fue entrando en consciencia con la realidad: no hay suficientes divisas para satisfacer a todos los sectores, el Gobierno no asume su responsabilidad en ello y en este momento no existe una ruta clara de medidas de emergencia para corregir la crisis en las finanzas públicas.

El Gobierno sigue retrasando medidas esperadas como la devaluación, y otras de tipo fiscal, que contribuirían a generar unas condiciones mínimas para iniciar un programa de ajustes, pero seguramente creían que con el auxilio que representaba la extensión del convenio chino, sería suficiente. Ahora, según analistas extranjeros, el Gobierno tiene la urgencia de responder al pago del servicio de la deuda y de los bonos, por lo que ha recortado la asignación de divisas, causando un efecto tremendo en el acceso a alimentos básicos, medicinas e insumos de industrias que son indispensables en el desarrollo económico del país.

En ese escenario, el Gobierno sigue dilatando la implementación de un paquete de medidas correctivas que cada vez luce más urgente. La opinión de analistas extranjeros es que pretenden postergarlos hasta las Elecciones Parlamentarias. Un suicidio para la nación.

¿Qué nos espera?

Nos espera una profundización de la crisis, con o sin medidas, por lo que se hace necesario lograr un compromiso de los factores que adversan al Gobierno, de unir esfuerzos para enfrentar la situación de crisis terminal que con toda seguridad se nos avecina. Para eso es imprescindible comprender que aquí no está en juego una hipotética candidatura presidencial sino la posibilidad cierta de tener cómo enfrentar una debacle nacional. Eso no lo resuelve un candidato sino un liderazgo colectivo que se encuentre en sintonía con los reclamos cotidianos de quienes que no tienen interés alguno en épicas desfasadas que no le hablan al venezolano promedio.

Es hora de vestirse de pantalón largo, el país no está en condiciones de esperar que la clase política venezolana termine de aprender a leer al país.

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