Crisis de la metafísica de la democracia*

“Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona.”

María  Zambrano

 

La democracia es una etiqueta descriptiva (praxis) que no necesariamente refleja el ideal que históricamente le es reconocido (Whitehead, 2011: 21). En los últimos dos siglos, la discusión ha girado en torno a una democracia que constantemente hace referencia a un modelo que data de 25 siglos, pero que no tiene mayor relación que su denominación, con la experiencia actual.

Se ha abordado a la democracia, desde una caracterización de la misma en el contexto de la teoría política, no como procedimiento sino como modelo, situando la discusión en el debate de la modernidad y la postmodernidad, sobre lo que la crisis de la democracia representa; analizando el contexto epistemológico de la democracia, su evolución y crisis desde la teoría política contemporánea, en una aproximación a la definición de la postdemocracia.

La democracia, nacida en la antigüedad griega, hizo su transición hacia la modernidad, no sin antes superar la desconfianza y resistencia que inspiraba. El modelo que adopta, la representatividad, se concibe como un mecanismo para superar las debilidades que plantea la democracia directa y garantizar el control de sus instituciones, amén de fortalecerse por la influencia del modelo económico capitalista, con el cual inevitablemente resultaría asociada.

Ha sido precisamente esa asociación la que ha conducido a la democracia a experimentar importantes crisis, que como se ha desarrollado en esta contribución teórica, corresponde a una conjunción de circunstancias, generando más dudas que certidumbres, sobre el futuro de la democracia. La representatividad ha transferido su crisis a la democracia misma, haciéndola ver débil ante la amenaza autoritaria, sobre todo en sociedades políticamente inmaduras.

Pero observando los problemas de la democracia, desde el pensamiento político, la discusión se hace más compleja, pues no se trata del procedimentalismo que tanto preocupa, como los valores implícitos en un modo de vida, que encarne la democracia misma, y que se ve estremecido por las mismas razones que la modernidad es cuestionada. La crisis de la modernidad no deja de verse reflejada en la crisis de la democracia: hay una ruptura, la democracia representativa ya no responde a las demandas de una sociedad que desconfía de quienes eran los fiduciarios de su ejercicio soberano.

La crisis del capitalismo, no deja de tener influencia sobre la democracia representativa, sus efectos se dejan sentir además cuando se reclama una mayor participación del Estado, y se espera su admisión de un compromiso social más efectivo (Estado de Bienestar). Pero cuando el Estado no puede aumentar el gasto social [o con ello no es suficiente], las consecuencias afectan los cimientos de lo que la democracia está supuesta a garantizar a toda prueba: libertades individuales y colectivas, seguridad y bienestar, equidad en las oportunidades, convivencia social equilibrada.

La democracia participativa, puede ser vista como una de las consecuencias más importantes de las disfunciones de la democracia representativa, sin embargo no por ello deja de tener sus detractores, que ven en el participacionismo una medida insuficiente para la reconquista del ideal democrático (Sartori siendo uno de los más notables). La participación pretende rescatar algunos de los fundamentos de la democracia originaria, la griega, resultando claro que procedimentalmente, es inviable, por lo que su construcción requiere adaptarse a los espacios de una nueva relación Estado-Sociedad, marcada por el impacto de la globalización y la ampliación del modelo económico capitalista.

El espacio global, donde para autores como Held y Ortega, debe consolidarse una democracia mundial, responde a la necesidad de no solamente alcanzar regiones esquivas a la democratización, sino además fortalecer los procesos democratizadores, que son necesarios en la nueva configuración de los Estados, que como como la Unión Europea, representan una creciente complejización. Esa nueva realidad geográfica, política, social, cultural y económica requiere de una conducción política que responda a las complicaciones implícitas en dicho entorno.

En el pensamiento moderno, la democracia tardó en establecerse, cargando con el pesado lastre de experiencias pasadas que generaban recelo y desconfianza; sin embargo el tiempo y las circunstancias habrían de suavizar el ambiente para permitirle afianzarse como el modelo ideal de organización política, claro está, sin estar exenta de cuestionamientos y dudas con respecto a su realización, al estar constantemente sometida a comparaciones con la versión antigua griega.

La democracia moderna fue concebida dentro esas mismas convicciones y por tanto la crisis de la modernidad no ha dejado por fuera a la democracia.  Algunos autores como Ghehénno se preguntan si no será necesaria la vuelta al directismo democrático para salvarla; los autoritarismos la han desafiado, y la participación no ha sido, en el mejor de los casos, una salida favorable para su recuperación.

Tanto se ha socavado la experiencia de algunas democracias que se acercan peligrosamente al ejercicio autoritario del poder (como lo desarrollan O’Donnell, Levitsky y Way) dando lugar a otros modelos de democracia, que aun cuando se entiende se alejan del ideal moderno o de la misma poliarquía, tales como la democracia delegativa o el autoritarismo competitivo, se mantienen algunos elementos  característicos de la democracia procedimental, fundamentalmente en materia electoral.

La postmodernidad trajo al debate, como lo plantea Young (1998), una reinterpretación del pluralismo democrático, porque es en la política democrática donde confluyen aquellas identidades que han sido desplazadas, encontrándose afinidades y desafíos entre los más diversos actores. Y esto ocurre en medio de lo que la postmodernidad concibe como el fin de las certezas, la crisis del orden y la ruptura con una forma de concebir el poder. Los cuestionamientos provienen de sectores diversos, antagónicos pero que en circunstancias extremas, tienden a agruparse, como ejemplo reciente de ello, está el Movimiento de los Indignados, donde convergen las más disímiles motivaciones, unidas en una gran movilización de descontento (Nun, 2011), que reclama igualdad y justicia social, rechazando la voracidad del corporativismo financiero, la supresión de derechos laborales, hasta llegar a la defensa del ecosistema, mostrando el quiebre del espíritu de una época, de los paradigmas modernos. En la tradición de lo que señala Mouffe (1999) cuando describe a la democracia radical, como la unificación de los movimientos sociales plurales de la sociedad civil, en la profundización de la práctica democrática tanto en el Estado y como en la sociedad (Young, 1998: 491).

La crisis que retrata esa ruptura con el orden, tiene diversas lecturas, que se han recorrido desde la mirada de sus autores. Para unos, es una crisis de control y de legitimidad frente a los nuevos desarrollos económicos y políticos (Dahrendorf); mientras que para otros, la crisis se presenta en lo interno, amenazada desde las propias entrañas de la democracia (Bobbio). La crisis es el producto de un agotamiento por el cese de luchas (Comisión Trilateral) o por la caducidad del modelo (Hardt y Negri); aunque también puede ser vista como una crisis de crecimiento (Gauchet); es posible que la crisis de funciones e imagen pesen a la hora de buscar los por qué (Tezanos); sin embargo, la noción de una contrademocracia podría explicar por qué de súbito se cae en la desconfianza hacia la democracia (Rosanvallon). En la crisis hay elementos de autodestrucción de la democracia (Lummis); una multidimensionalidad, que no permite argumentar sobre la base de una causa única, pero es en la propia incapacidad de la democracia de satisfacer las demandas sociales (Linz) donde se concentra toda la crítica al modelo.

El problema, a juicio de la responsable de esta pesquisa, es que la crisis de la democracia ha trascendido lo meramente procedimental, no es la democracia electoral la que por si sola puede garantizar la credibilidad en el sistema. En realidad, son los valores que subyacen al ejercicio democrático los que le conceden el soporte necesario para resistir las exigencias, que en muchos casos, resultan disímiles o antagónicas, en una misma realidad social.

La crisis de la democracia no es una crisis de su denominación, es de su naturaleza, de su estructura, de sus componentes y de sus principios, es decir: de la metafísica de la democracia. Las realidades políticas, económicas, sociales y culturales no son las mismas que acompañaron a la democracia moderna en su consolidación, de allí que la naturaleza de la democracia no se corresponda con el contexto en el cual se inserta; sus niveles de acción han ido ajustándose a las demandas por una mayor participación, sin embargo, esto tampoco ha sido suficiente para recuperar la confianza en sus acciones, luciendo a veces como un sistema que obstaculiza el verdadero ejercicio de la soberanía (estructura). Los elementos asociados a la democracia, para garantizar su propósito, pueden entrar en cuestionamiento al producirse una pérdida de legitimidad, como los sistemas electorales, legislativos o judiciales (componentes). Los valores (principios) asociados a la democracia, las instituciones que los representan: Estado de Derecho, Libertad, Equidad, Justicia, son los pilares sobre los cuales descansa la legitimidad democrática; si alguno de estos valores se resquebraja, la democracia pierde terreno como modelo de vida.

La democracia se ha reinventado, la participación, la ciberdemocracia, la democracia mundial, la cosmocracia, no son sino, manifestaciones de un deseo de renovación, pero que muestra la voluntad de restauración de su fachada, no de sus cimientos, donde se cree están los grandes desafíos democráticos: la concepción el Estado y de su relación con la sociedad; los nexos con la economía; la corresponsabilidad con las demandas sociales; la apertura de espacios de decisión pública transparentes; el reconocimiento de mecanismos de vigilancia y seguimiento; la responsabilidad de la gestión pública; la participación en las decisiones públicas de forma efectiva, que son tan solo algunos de los más importantes aspectos de la democracia que revisten particular inquietud, si se observan los estudios de opinión sobre la democracia, efectuados por organismos multilaterales como el PNUD, por ejemplo.

Esto significa, que se está frente a una necesaria redefinición de la democracia, porque la que se ha conocido, no ha logrado superar las demandas de renovación que se han planteado. La denominación de democracia ha servido para que muchos regímenes antidemocráticos se revistan de legitimidad, haciéndola aún mucho más vulnerable a las críticas. La democracia debe tomar distancia de una concepción de su modelo que ha trascendido sus raíces.

Sin embargo, en la democracia persiste el deseo de sobrevivir, resistiéndose a sucumbir ante los autoritarismos, mostrándose desafiante, en una suerte de renacimiento de sus cenizas, en una  forma de resurrección, como postdemocracia, como lo que surge cuando se han exorcizado todos sus demonios.

 

* Capítulo perteneciente a la tesis doctoral: El concepto de crisis de la democracia en la teoría política: ¿En el umbral de la Postdemocracia? (2012)

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